La enfermedad de Alzheimer es un trastorno progresivo que hace que las células del cerebro se consuman (degeneren) y mueran. La enfermedad de Alzheimer es la causa más común de demencia, una disminución continua de las habilidades de pensamiento, comportamiento y sociales que altera la capacidad de una persona para funcionar de manera independiente.
Los primeros signos de la enfermedad pueden aparecer cuando se olvidan eventos recientes o conversaciones. A medida que la enfermedad avanza, una persona con la enfermedad de Alzheimer desarrollará un deterioro grave de la memoria y perderá la capacidad de realizar tareas cotidianas.
Esta enfermedad fue definida por primera vez por el psiquiatra alemán Alois Alzheimer, que observó los síntomas en una paciente de 51 años de edad.
La sintomatología y la duración general de la enfermedad puede ser muy variable de un caso a otro. El paso de una fase a otra no es una cuestión de estado, sino más bien de grado, pues los síntomas propios de la enfermedad se van manifestando y agravando progresivamente. Dicho avance se produce de forma insidiosa y en escalones.
La enfermedad de Alzheimer a menudo se diagnostica en esta etapa, cuando se hace evidente para la familia y los médicos que una persona está teniendo problemas significativos. Las personas pueden experimentar lo siguiente:
Durante esta etapa, las personas están más confundidas y se vuelven más olvidadizas, comenzando a necesitar más ayuda con las actividades diarias y el cuidado personal:
En la etapa tardía de la enfermedad, la función mental continúa disminuyendo, y la enfermedad perjudica cada vez más el movimiento y las capacidades físicas:
Cuando se diagnostica la enfermedad de Alzheimer, el especialista puede recetar al paciente uno o varios tratamientos farmacológicos. Aunque estos fármacos no modifican el curso de la enfermedad cerebral, ayudan a paliar algunos síntomas, disminuyendo su intensidad y contribuyendo a una mayor calidad de vida. Los medicamentos principales son el donepezilo, la galantamina y la rivastigmina.
Existen otras terapias como los programas de estimulación cognitiva. Pueden realizarse de manera individualizada o en grupo, especialmente cuando la enfermedad aún no ha llegado a sus fases más avanzadas.
También es importante recordar que medidas como asegurar un ambiente tranquilo, mantener unas rutinas en el día a día o desviar el foco de atención de elementos que pueden ocasionar irritabilidad, son altamente recomendables de cara a prevenir y/o manejar alteraciones conductuales.
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Ante la sospecha de Alzheimer, propias o de una persona cercana, lo primero que hay que hacer es concertar una visita con el médico de familia. Si el médico lo considera oportuno, nos remitirá al neurólogo.
El neurólogo recogerá toda la información necesaria acerca de la historia clínica de la persona afectada. Ya en la primera visita, puede realizarse algún test cognitivo breve como el Mini-Mental, que permite una primera valoración de cribado.
Para afinar el diagnóstico, el neurólogo puede indicar pruebas complementarias como análisis de sangre, exploración cognitiva por parte de un neuropsicólogo y pruebas de neuroimagen (TAC o resonancia magnética).